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Busca al Senor Arzobispo Dennis M. Schnurr

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Antes de ascender al cielo, Jesús instruyó a sus discípulos diciendo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19), y así lo hicieron, con la ayuda y la guía del Espíritu Santo. Los discípulos salieron de Jerusalén y llevaron el mensaje del Evangelio a todos los rincones de la tierra. La Iglesia sigue cumpliendo el mandato de Jesús, y Dios nos llama a cada uno de nosotros a participar en esa misma misión.

La labor de evangelización no es una responsabilidad que le pertenece solamente al clero o a las mujeres y hombres consagrados. Desde el principio, el Evangelio se ha difundido de persona a persona. Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de hacer que otros lleguen a conocer a Jesús y la Buena Nueva de nuestra salvación a través de Él. En el bautismo nos hacemos partícipes de la propia vida divina de Dios. Por eso, cada aspecto de nuestras vidas tiene el potencial de ser una vía a través de la cual la gracia de Dios puede llegar a otros. Esto significa que no sólo evangelizamos a través de nuestras palabras, sino que todas nuestras acciones y las decisiones que tomamos también pueden hablar de las verdades del Evangelio.

Una vida que irradia el Evangelio se construye sobre la oración y la virtud. Nos esforzamos por seguir el ejemplo de Jesús, permaneciendo unidos al Padre, en el Espíritu Santo, y procurando actuar como Él, fomentando las cualidades, actitudes y hábitos que Él ejemplificó para sus discípulos. Jesús enseñó a Sus discípulos, y ellos, en cambio, tomaron lo que aprendieron de Él y luego salieron y se lo enseñaron a otros. Los discípulos también traían a sus amigos a Jesús para que pudieran oírlo hablar o, tal vez, ser curados por Él. Era una obra en la que participaban muchos.

Lo mismo sucede hoy: la evangelización se realiza a través de las oraciones, el trabajo y los sacrificios de muchos. Quiero aprovechar este momento para reflexionar sobre el gran regalo que supone el Centro para la Nueva Evangelización (CNE) para nuestra arquidiócesis. Las muchas personas de gran talento que forman el equipo del CNE ayudan a los líderes parroquiales a fomentar una comunión más profunda y el discernimiento de una misión renovada para llevar el Evangelio a todos. También buscan la manera de llegar a los perdidos, a los que se han alejado de Cristo o quizá nunca le han conocido, e invitarlos a un encuentro con el Dios que los ama. El equipo del CNE proporciona recursos espirituales y formación práctica en diversas áreas de evangelización y discipulado: pastoral juvenil, formación en la fe para adultos de todas las edades, matrimonio y vida familiar, y pastoral hispana. De este modo, ayudan a personas de toda nuestra arquidiócesis y más allá de sus fronteras a aprender a vivir una vida que irradia el Evangelio. Muchas de nuestras parroquias se han beneficiado enormemente de los retiros, talleres, conferencias y de la asistencia personalizada que ofrecen los miembros del equipo del CNE. A través de la orientación y los recursos del CNE, los ministerios parroquiales se vuelven más eficaces en la formación de discípulos de Jesucristo. Esto es posible gracias a su generoso apoyo a la Campaña Anual de los Ministerios Católicos (CMA), por lo que estoy profundamente agradecido.

Ninguno de nosotros puede alcanzar el cielo a solas; nos necesitamos mutuamente. Por eso Cristo nos da la Iglesia. Juntos podemos lograr que más personas conozcan, amen y sigan a Jesucristo, pero esa labor comienza con nuestro propio discipulado. Primero debemos estar con el Señor mediante la oración y una vida de virtud, y luego salir y contarle a los demás lo que hemos visto y oído (cf. Lc. 7:22).

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